Los vecinos de la comunidad de Ixlú, en Flores, Petén, decidieron hacer por primera vez algo diferente para celebrar las fiestas patrias, sin alejarse de las actividades propias de Guatemala.
Además de los tradicionales desfiles y antorchas del 15 de septiembre, decidieron organizar el tradicional palo ensebado, que consiste en escalar un palo vertical de madera de varios metros de alto, untado con grasa, jabón o aceite para dificultar el ascenso.
Según confirma Alejandra Jiménez, encargada de Comunicación de la Municipalidad de Flores, esta sería la primera vez que ese caserío erige un palo ensebado para celebrar la Independencia.
A casi 500 kilómetros de distancia, en San Bartolomé Milpas Altas, Sacatepéquez, la misma tradición tiene ya varias generaciones. El alcalde Rubén Axpuac la describe con la precisión de un vecino que la ha visto crecer: un árbol de unos 20 metros, colocado frente a la iglesia y embadurnado con manteca, de la base a la copa, para un premio de entre Q500 y Q1 mil en la punta para quien logre trepar sin resbalar.
A esta actividad se suma una segunda peculiaridad: una carrera alrededor del casco urbano en la que los participantes cargan un peso sobre los hombros y dan hasta cinco vueltas por el pueblo, llamada “carrera de potencias”. Según Axpuac, los hombres cargan 50 libras de arena de río y las mujeres, 25.
Ninguna de las dos actividades aparece en el programa oficial que cada 14 y 15 de septiembre organiza el gobierno central desde el Palacio Nacional de la Cultura.
Se tienen antorchas y desfiles cívicos a los que se suman estas fiestas que cada comunidad ha ido tejiendo alrededor de la fecha patria —a veces sin relación directa con la Independencia— y que, sin proponérselo, terminan revelando algo más profundo que el paso de una antorcha: la manera en que cada rincón del país se apropia de una conmemoración que, en su origen, fue un pacto entre unas pocas familias de la capital, según refiere el historiador y antropólogo social Mauricio José Chaulón Vélez, profesor titular del Instituto de Investigaciones de la Escuela de Historia de la Universidad de San Carlos de Guatemala (Usac).
Convergencia de tradiciones
El municipio de San Andrés, Petén, tiene casi la antigüedad de la Independencia misma, según afirma el alcalde Jonne Méndez Bardales, y sus celebraciones datan de ese entonces.
Además de los tradicionales desfiles y antorchas tienen lugar a escala nacional, en el municipio celebran con actividades propias del lugar. Una de ellas es La Chatona, un baile tradicional declarado Patrimonio Cultural Intangible de la Nación por el Ministerio de Cultura y Deportes mediante el acuerdo ministerial número 776-2007.
Esta danza, según relata Méndez, representa a Petrona, una joven proveniente de Campeche, México, quien llegó a San Andrés, Petén, en la década de 1930 para trabajar en la extracción de chicle. Con los años se ganó el cariño de los pobladores, quienes la llamaban Tía Tona y la recuerdan por su participación en los bailes de la feria local. Luego de su muerte, atribuida a la mordedura de una serpiente barba amarilla, los niños comenzaron a llamarla “la ‘chía’ Tona”, expresión que derivó en el nombre de Chatona.
Tiempo después, el vecino Sabino Castillo construyó una gran muñeca en su honor y la presentó durante la feria, lo que dio origen al tradicional baile.
Otra expresión cultural del lugar con la que se celebran las fiestas patrias es el desfile de faroles. La noche del 14 de septiembre, los participantes recorren las calles principales de San Andrés y finalizan el recorrido cerca de la medianoche, con la recepción y el encendido de antorchas por parte de las autoridades.
El tradicional baile de El Caballito, el palo ensebado y el cerdo o “coche” ensebado, como lo llaman en el lugar, también son protagonistas en estas fechas.
Méndez considera que “es importante que, al hacer patria, una de las cosas que debe permanecer en los tiempos es la vigencia de nuestras costumbres y tradiciones, manteniendo un legado que se transmite de ciclo en ciclo, y por eso estas tradiciones propias del municipio convergen con las de nivel nacional”.

En el mismo departamento, pero en El Chal, la celebración es similar. Es un municipio relativamente nuevo y, desde el primer 15 de septiembre que vivió como alcalde, Elías Calderón impulsó el desfile de faroles, que —dice— se volvió tradición casi de inmediato.
En El Chal, la noche del 14 de septiembre, niños y jóvenes de escuelas e institutos recorren kilómetro y medio de la cabecera municipal con faroles, acompañados de carrozas y bandas, mientras llegan antorchas desde comunidades lejanas —algunas, desde Izabal y otras, incluso, desde Honduras—, para encender el pebetero de su parque central.
Al día siguiente, la fiesta adquiere un carácter distinto, ya que la Casa de la Cultura organiza bailes folclóricos, entre ellos, el de La Chatona, además de declamación y música, “un poco al estilo de antes”, como lo resume el propio jefe edilicio.
Para Calderón, el sentido último de estas actividades es sencillo: sostener, generación tras generación, “lo que llama el fervor patrio, ese gusto de la niñez por estrenar zapatos nuevos y cantar el himno con ganas”.
Dos celebraciones
Huehuetenango tiene una particularidad que pocos guatemaltecos conocen fuera del departamento: además del 14 y 15 de septiembre, la cabecera departamental conmemora una fecha propia, el 20 de septiembre, día en que sus próceres firmaron su propia acta de independencia.

Héctor Méndez, encargado de Comunicación de la Municipalidad de Huehuetenango, explica el origen del episodio: en 1821, antes de enterarse de que la capital ya había declarado la independencia, Huehuetenango recibió la noticia de que Comitán, Chiapas, se había independizado en agosto. Para seguir ese ejemplo, los huehuetecos promulgaron su propia acta, sin saber que la capital ya los había precedido.
La efeméride, revitalizada desde hace unos 10 años con mayor impulso institucional, incluye una ceremonia cósmica de pueblos originarios, un festival dedicado al jocón —platillo tradicional del departamento que la comuna ha declarado patrimonio cultural municipal— y un museo temporal de indumentaria maya.
Según Méndez, el despliegue busca reivindicar también la memoria prehispánica del lugar.
El sitio arqueológico de Zaculeu, por su parte, se convierte cada año en parada obligatoria de las antorchas que atraviesan el departamento, al punto de que alrededor de él se forma una pequeña “feria improvisada”.

Feria centroamericana con más de un siglo de historia
En Quetzaltenango, la fiesta patria se confunde con la historia misma de la ciudad.
Francisco José Cajas Ovando, cronista oficial de Xela y autor de un libro dedicado a la historia de sus ferias, recorre esa memoria con el detalle de quien la ha documentado durante décadas: la que hoy se conoce como Feria de la Independencia nació formalmente en 1884, cuando el Concejo Municipal acordó celebrarla del 14 al 17 de septiembre; dos años después, en 1886, adoptó el título de feria centroamericana al invitar a las repúblicas vecinas, Chiapas y Belice a exponer sus productos en el antiguo campo de Minerva.
En 1918 se sumaron, con carácter centroamericano, los Juegos Florales, nacidos como parte de las fiestas de Minerva, y en 1951 la asociación Fraternidad Quetzalteca impulsó el certamen Reina Nacional de la Belleza, que convirtió a la feria en punto de encuentro de participantes de México, Belice y otros países centroamericanos.
Cajas Ovando recuerda también capítulos más pintorescos de esa historia, como la instalación, en 1940, del primer juego mecánico, “El Chicotazo”, o la llegada de las llamadas “bartideras”, vendedoras que preparaban atoles y antojitos tradicionales en las ferias de antaño.
Esa misma riqueza, según el cronista, explica por qué muchos quetzaltecos viven la fecha con un cariño particular. Para él, la feria fue durante generaciones un escaparate del trabajo de artesanos y fábricas locales, un espacio donde el comercio, la gastronomía y las artes populares de Los Altos se mostraban al resto del país y de Centroamérica.
Cajas Ovando reconoce que, con el tiempo, la feria ha cambiado de carácter y por eso valora en especial una fecha que, sostiene, ha mantenido su solemnidad casi intacta: el homenaje del 13 de septiembre a los mártires de la Revolución Liberal de 1897 en el Cementerio General, un acto cívico que antecede a la feria y que la ciudad conserva como parte central de su identidad histórica.

La cara oficial de la celebración
Desde la Gobernación Departamental de Guatemala, Mauricio Bernard describe una agenda institucional que, sostiene, no tiene equivalente en el resto del país. El tedeum presidido por el arzobispo metropolitano, la izada de la bandera con 21 cañonazos, el mensaje presidencial y la lectura del Acta de Independencia en el Palacio Nacional de la Cultura son, según él, actos que solo se celebran con esa magnitud en la Ciudad de Guatemala.
También reivindica el simbolismo de la antorcha. Según explica, la Antorcha Centroamericana por la Paz y la Libertad tiene 66 años de recorrer el Istmo, desde El Obelisco hasta Costa Rica, como un gesto que reproduce literalmente lo que ordenaba el propio documento de emancipación: avisar a las provincias centroamericanas por cualquier medio posible.

Otra visión
Para entender por qué en pueblos tan distintos como Ixlú o San Bartolomé Milpas Altas conviven, bajo el mismo paraguas del 15 de septiembre, un palo ensebado, una carrera de sacos de arena o La Chatona, Chaulón ofrece una lectura de fondo.
Según explica, toda celebración nacional —en Guatemala como en cualquier país— se construye con el tiempo a través de símbolos, relatos y rituales que se transmiten en la escuela, la familia y la comunidad, hasta convertirse en parte del calendario emocional de un pueblo. Con las antorchas, dice, ocurrió algo parecido: la imagen que hoy se asocia a la noche del 14 de septiembre de 1821 se consolidó con los años, hasta formalizarse en 1935 con la construcción de El Obelisco, que desde entonces sirve como punto de partida simbólico de esa tradición.
Lo interesante, sostiene el antropólogo, es que, después, cada comunidad toma esa fiesta compartida y le imprime su propio sello. La fecha se aprovecha para organizar actividades que muchas veces tienen raíces propias, anteriores incluso a la Independencia, pero que terminan integrándose a ella y reforzando la cohesión y la identidad de cada pueblo, colonia o aldea. El palo ensebado, La Chatona, la carrera de potencias o el acta propia de Huehuetenango son, en ese sentido, expresiones de cómo lo local encuentra un espacio dentro del relato nacional, en lugar de disolverse en él. Cada territorio guatemalteco, afirma Chaulón, celebra la patria a su manera.

Una misma fecha, mil maneras de vivirla
Colgar una bandera en la puerta, correr con una antorcha, trepar un palo ensebado, asistir a un desfile o, simplemente, dejar pasar el día sin mayor ceremonia: todas son, a su manera, formas de relacionarse con una fecha que cada septiembre transforma calles, avenidas y plazas del país en escenarios de fervor cívico, música, tradición y orgullo.
Guatemala suma 205 años desde que se emancipó de España y, para unos, esta fecha es motivo de celebración; para otros, un asueto más. La pregunta de fondo, más allá del calendario oficial, es qué significa, en lo personal, celebrar la Independencia.
Esa es la pregunta que cada pueblo parece responder por su cuenta cuando decide qué hacer con la fecha: adoptarla tal como llega desde la capital, adaptarla a su propia historia o simplemente vivirla como una jornada más entre semana.
La historiadora Artemis Torres Valenzuela, de la Universidad de San Carlos de Guatemala, ha planteado en una entrevista con Prensa Libre, que el hecho histórico de 1821 no puede reducirse a la firma de un documento, porque su significado sigue en construcción y merece leerse con una mirada crítica. Quizá sea justamente eso lo que ocurre, sin que nadie lo llame así, en cada rincón del país: una manera propia de seguir construyendo qué quiere decir, 205 años después, ser guatemalteco un 15 de septiembre.
Antorcha Limpia
El gobernador departamental de Guatemala, Mauricio Benard, reconoce que la celebración también enfrenta problemas por el lanzamiento de bolsas de agua a los corredores, una práctica que puede provocar accidentes y agresiones, además de dejar residuos en las calles.
En ese sentido, Prensa Libre y Guatevisión impulsan la campaña “Antorcha Limpia”, que busca recuperar el carácter cívico de la tradición y promover que los recorridos del 14 de septiembre mantengan ese entusiasmo y, al mismo tiempo, reflejen el respeto por los espacios que todos compartimos.
La iniciativa propone poner énfasis en la experiencia de los recorridos, como disfrutar de la música, la convivencia y la emoción de llevar la llama, pero también asumir el compromiso de cuidar los espacios por donde transitan las antorchas.
El objetivo es que esta celebración conserve su carácter festivo y pueda disfrutarse sin que el paso de los grupos se traduzca en residuos en las calles.
