lo que ocurre durante un año para celebrar el Juego de Gallos

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lo que ocurre durante un año para celebrar el Juego de Gallos

19 de octubre. Para llegar a Todos Santos Cuchumatán desde la capital hay que atravesar buena parte del occidente del país.

La ruta habitual pasa por Huehuetenango, continúa hacia Chiantla y comienza a escalar la Sierra de los Cuchumatanes, donde el camino se abre paso entre curvas, frío, llovizna, neblina y formaciones rocosas milenarias. Cuando las nubes lo permiten, los rayos de sol, tímidos, caen sobre las montañas verdes y grises.

Esta vez no llegamos por allí.

La aplicación perdió señal —o nosotros perdimos la ruta— sobre la CA-1 Occidente y terminamos entrando por otro camino.

San Juan Atitán apareció entre montañas. Es otro pueblo mam de Huehuetenango donde todavía es común observar a hombres y mujeres con su indumentaria tradicional.

San Juan Atitán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Después se terminó el asfalto.

Tierra. Lodo. Carrileras. Árboles. Pendientes en las que parecía que apenas cabía el vehículo.

De vez en cuando aparecía alguien a quien preguntarle si íbamos bien.

Las respuestas llegaban en mam y español. No siempre entendíamos las palabras, pero sí las señas. A veces una mueca es suficiente para saber que uno va por el camino equivocado.

Aunque tampoco estábamos tan perdidos. Había que continuar.

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Una de las cuestas de terracería en San Juan Atitán.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

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Riachuelo en un camino que une San Juan Atitán con Todos Santos, Cuchumatán.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Subir. Bajar. Volver a subir.

Hasta que apareció Todos Santos y su plaza central. Un pueblo enclavado entre montañas, en un municipio donde, según el censo del 2018, vivían poco más de 30 mil personas.

Aquel recorrido hizo parecer a Todos Santos Cuchumatán mucho más lejano de lo que indican los mapas. Aunque tampoco queda cerca. Son unos 46 kilómetros desde la ciudad de Huehuetenango y más de 300 desde la capital. Pero entre las montañas, las curvas y la neblina, las distancias parecen medirse de otra manera.

Al terminar el viaje completo de ida y vuelta, incluidos los recorridos de reportería, habríamos acumulado unos 670 kilómetros.

Faltaban 13 días para el 1 de noviembre.

Todavía no había multitudes, caballos en la pista ni diez marimbas tocando al mismo tiempo. Tampoco las más de 1 mil personas que, según las autoridades municipales, pueden llegar durante los días principales de la feria.

Todos Santos estaba tranquilo. Bueno, casi.

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Parque Central de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Ya comenzaban a instalarse las ventas que acompañarían la feria titular.

En el 2026, el municipio conmemora 201 años de su organización administrativa, en 1825. Pero Todos Santos existía desde mucho antes y posiblemente también sea más antigua una de sus manifestaciones culturales más conocidas.

El Juego de Gallos. Sqech Koya, como se dice en mam.

El nombre remite a una tradición en la que los gallos no son un elemento decorativo. Forman parte de una ofrenda vinculada con la espiritualidad maya. Y, según explicó Jun Kanek Nimwitz Pérez, de 35 años, maya mam, arquitecto, jinete y gestor cultural originario de Todos Santos Cuchumatán, la indumentaria de los jinetes también guarda relación simbólica con estas aves.

Nadie ha podido precisar documentalmente cuándo comenzó. Algunos hablan de unos 300 años. Por ahora es una aproximación.

El que regresa

La primera entrevista fue en el cantón Los Mendoza. Rolando Ramírez Pablo acababa de volver.

Ese mismo 19 de octubre, pasado el mediodía, había llegado desde Estados Unidos, donde vive desde 1996.

Nos recibió en su casa, entre las cuatro y las cinco de la tarde. Quizá la hora fuera lo de menos. Entre la densa niebla, la llovizna y el frío que calaba, el tiempo parecía importar poco.

Puertas abiertas. Sillas. Conversación.

Ninguna señal de desconfianza hacia los forasteros que habían llegado preguntando por caballos, capitanes y una celebración que todavía estaba a casi dos semanas de distancia.

Rolando también había llegado de lejos.

Tiene más de una razón para volver a Guatemala, pero hay una fecha que procura no perderse.

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Rolando Ramírez Pablo, migrante y residente en EE. UU., originario de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Durante los últimos 15 años ha regresado, sin faltar ni uno, para participar como jinete en el Juego de Gallos.

Puede hacerlo porque tiene ciudadanía estadounidense, al igual que su esposa, que también es de Todos Santos. Otros paisanos no tienen esa misma facilidad. Antes eran muchos los que venían, pero ahora, con la situación migratoria, nadie lo intenta.

Rolando ha sido primer capitán dos veces. En otros años ha ejercido como segundo capitán o ha formado parte del grupo.

Su padre también fue jinete y capitán. Él comenzó a montar a los 14 años, acompañando a primos y vecinos que tenían caballos.

Por eso, cuando habla del Juego de Gallos, no lo explica como algo aprendido recientemente.

Dice que viene de los padres. De los abuelos. De la herencia.

Pero participar el 1 de noviembre no significa regresar unos días antes, alquilar un caballo y correr.

La preparación empieza mucho antes.

“Un año”, dice Rolando.

Cuando termina una celebración, comienza a pensarse en la siguiente.

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Parroquia de Todos los Santos en Todos Santos Cuchumatán.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

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Interior de la Parroquia de Todos los Santos en Todos Santos Cuchumatán.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Se habla de quién será primer capitán. Quiénes integrarán el grupo. Qué marimba tocará. Qué habrá que pagar.

Después llega Semana Santa. Para entonces algunos ya están viendo caballos.

Rolando visita a los propietarios y observa animales que meses después podrían entrar a la pista.

Le gustan grandes. Rápidos. Con movimiento.

Para este año ya había escogido el suyo. Había visto el porte. Sabía cómo era. Todavía no conocía su nombre.

Algunos animales vienen de la aldea Chancol, en Chiantla, justo en la Sierra de los Cuchumatanes, aunque no todos.

La relación de esa zona con los caballos viene de mucho antes del Juego de Gallos actual.

Durante la Colonia hubo haciendas ganaderas en Los Cuchumatanes, y el Camino Real que atravesaba Todos Santos continuaba hacia Chancol, donde existían haciendas y espacios para las bestias.

Rolando también conoce la otra cara de montar. El riesgo. Años atrás sufrió un accidente. Estuvo cerca de morir.

El miedo lo apartó de los caballos durante unos cuatro años. Pero tenía algo pendiente. Quería ser primer capitán.

Habló con su esposa. Habló con la familia. Y volvió.

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Faldas del Mirador Las Torres en Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Silencio

Esa noche Todos Santos se apagó temprano. Después de las 19 horas disminuyeron las voces, los pasos, los motores.

El cuerpo acostumbrado al bullicio tarda un poco más en entender que no sucede nada. Que todo está en orden. Que el silencio también puede ser cotidiano.

El día comenzó a despertarse a las 3.26 horas del 20 de octubre, cuando se conmemora la Revolución de 1944

El frío entraba por los bordes de la ventana y por pequeños espacios alrededor de las tuberías que llevaban agua hacia la habitación.

Afuera estaba oscuro. Los perros ladraban poco. Algún carro rompía el silencio.

Y entonces cantaron los gallos. No eran muchos. Su canto parecía perderse entre el viento y la neblina.

Todavía faltaban 12 días para entender por qué el gallo importaba tanto en una celebración que, desde afuera, casi siempre se cuenta hablando únicamente de caballos.

La feria despierta

Horas después, el pueblo comenzó a moverse. En las calles se instalaban puestos para la feria titular.

El programa municipal de 2026 anunciaba actividades del 23 de octubre al 2 de noviembre: baloncesto, futsal, festival de tejidos, finales de futbol, maratón, concurso de bandas, elección de reina, baile femenino maya mam, desfile hípico, recibimiento de grupos de jinetes, marimba y baile tradicional.

El 30 de octubre estaba programado el desfile hípico. El 31, la bienvenida y entrega de reconocimientos a los grupos de jinetes.

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Campo de la Feria de Todos Santos Cuchumatán,

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

El 1 de noviembre, el Juego de Gallos, de 8 a 17 horas, en la pista del cantón Angle. Y el 2, baile tradicional frente al cementerio municipal.

Pero entre el desfile, la bienvenida y la entrada a la pista, hay otro recorrido que no siempre aparece en los programas.

El de los caballos hasta el pueblo. Y el de los jinetes de regreso a sus casas.

Jun Kanek explicó que los caballos llegan desde Chancol en camiones y son descargados en La Ventosa, donde se entregan a los grupos de jinetes. Antes de montar, los animales y sus montadores pasan por una preparación espiritual.

Después se dirigen a la cabecera municipal, donde las autoridades reciben a los grupos. Los jinetes entran con sus caballos, reciben reconocimientos y regresan a sus casas para almorzar con sus familias.

El Juego de Gallos no empieza cuando el primer caballo entra a la pista. Tampoco termina cuando sale el último.

La alcaldía

La primera parada de esa mañana fue la Municipalidad. Tomás Pablo Ramos, alcalde de Todos Santos Cuchumatán, confirmó algo que Rolando había dicho la tarde anterior.

La organización empieza prácticamente al terminar la celebración anterior.

La Municipalidad no decide quién será capitán. No contrata las marimbas de cada grupo. No escoge los caballos.

Eso ocurre dentro de los propios grupos y familias.

La comuna participa más cerca de las fechas principales en asuntos de vigilancia, orden, logística, reconocimientos y trabajos en la pista.

Para el 2026, la Municipalidad tiene registrados a 10 capitanes, cada uno al frente de su grupo o sector. El listado municipal identifica a Delfino Mendoza Calmo, de Los Mendoza; Francisco Matías, de Los Matías; Lázaro Ramírez Mendoza, también de Los Mendoza y Basilio Calmo Matías, de Chimlaj, el Rancho.

Además, a Porfirio Matías Martín, de Tuj Azul, el Rancho; Florencio Lorenzo Matías, de Primer Puente; Cristóbal Mendoza Ramos, de Tuj Choj, el Rancho; Antonio Ramos Jerónimo y Jaime Ortiz Jerónimo, ambos de Tzipoklaj; y Kevin Mendoza Pérez, de La Nueva Comunidad.

10 capitanes. 10 grupos de jinetes. 10 casas alrededor de las cuales se articula buena parte de lo que el público no ve.

El alcalde calcula que durante los días principales pueden llegar entre 10 mil y 15 mil personas. Hoteles. Comedores. Ventas. Transporte. Comercio.

Pero quienes llegan el 1 de noviembre ven el resultado, no necesariamente el proceso.

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Pobladores de Todos Santos Cuchumatán en la Plaza Central.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

El precio

Ser primer capitán tampoco es únicamente encabezar a un grupo. Rolando calcula que puede implicar un gasto de entre Q75 mil y Q100 mil.

No existe una tarifa. Es su estimación después de haber ocupado ese cargo dos veces.

Hay que contratar marimba. Organizar comida. Atender a quienes forman parte del grupo. Cumplir compromisos. Preparar varios días de actividad.

El primer capitán puede empezar a gastar cuando todavía faltan meses para que corra un caballo.

Pero los gastos no recaen únicamente sobre él.

Según Jun Kanek Nimwitz Pérez, cada jinete puede gastar entre Q10 mil y Q15 mil en indumentaria, alquiler del caballo, bebidas y alimentación.

No es lo mismo financiar la participación de un jinete que asumir los gastos de todo un grupo. Por eso, ser primer capitán implica un compromiso económico mucho mayor.

Y aquí aparece Estados Unidos.

La migración ha cambiado la manera de sostener la tradición.

Su nombre también habla de esa identidad: Jun remite al número uno en la lógica calendárica maya y Nim Witz, apellido ancestral que recuperó legalmente, puede traducirse como Gran Cerro, Gran Montaña o Gran Pirámide Sagrada.

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Calle del Cantón Los Mendoza en Todos Santos Cuchumatán.

(Foto Prensa Libre: Raúl Barreno)

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Calle principal de Todos Santos Cuchumatán donde se colocan ventas por la feria patronal.

(Foto Prensa Libre: Raúl Barreno)

Jun calcula que entre ocho y nueve de cada 10 participantes del Juego de Gallos están vinculados actualmente con la migración, principalmente hacia Estados Unidos.

No existe un registro oficial de jinetes que permita verificar ese porcentaje.

Pero la presencia de Huehuetenango en la migración guatemalteca sí está documentada.

Según la Organización Internacional para las Migraciones, el 9% de los guatemaltecos residentes en el extranjero que enviaban remesas en el 2022 procedía de Huehuetenango. La encuesta también estableció que el 97.3% de esa población residía en Estados Unidos, principalmente en California, Nueva York, Florida y Texas.

Los datos no identifican cuántos son todosanteros, jinetes o hablantes de mam.

Durante la reportería hubo, además, algo que sí podía escucharse.

Ese 20 de octubre explotaban a lo lejos. Jun explicó que anunciaban la llegada de jinetes que volvían de Estados Unidos.

Como Rolando, migraron para trabajar y regresan para correr.

Parte de lo que ganan fuera vuelve también a las casas de los capitanes, a las marimbas, a los caballos y a una tradición que no desean abandonar.

En cierta forma, el Juego de Gallos tiene su propio circuito de retorno.

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Murales en la Iglesia Católica Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

La pista vacía

Salimos de la Municipalidad.

En Todos Santos, todo parece quedar cerca hasta que empiezan las pendientes.

Subir. Bajar. Volver a subir.

Caminamos hacia la pista, en el cantón Angle, cerca del campo de futbol municipal.

Sin público. Sin caballos. Sin jinetes.

Era precisamente por eso que habíamos llegado 12 días antes.

Jun se detuvo allí para explicar lo que ocurriría el 1 de noviembre.

Este año habrá alrededor de diez grupos. Calcula unos diez integrantes por grupo, cerca de 100 jinetes.

Pero no corren cien caballos juntos.

Entran 15. Tal vez 20. Salen. Entran otros.

El caballo necesita respirar. Recuperar energía.

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Entrada a la pista en el cantón Angle de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Algunos jinetes incluso alquilan dos o tres animales para alternarlos.

En la primera entrada se procura completar cuatro vueltas. Jun relaciona ese número con la importancia del cuatro dentro de la cosmovisión maya.

Pero también hay una razón práctica: el caballo se cansa.

En las descripciones publicadas de la tradición se habla de un recorrido de aproximadamente 100 metros, de ida y vuelta. No es una carrera convencional en la que todos los participantes parten juntos para disputar una meta.

Se entra a la pista por turnos.

Hacia el mediodía ocurre otra cosa que quien se queda únicamente frente a la pista tampoco ve.

Los grupos regresan a la casa del primer capitán.

Comen. Descansan. La familia espera.

Allí está parte del corazón de la organización.

La casa

En las casas ocurre mucho antes de que el caballo corra.

Allí se organiza. Se cocina. Se recibe a los jinetes. Llega la marimba. Se reúne la familia. Se conversa. Se espera. Se recuerda.

La indumentaria no aparece lista el 31 de octubre. Antes hay hilos que preparar, tejidos que elaborar y prendas que completar.

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Pobladores en Todos Santos Cuchumatán se dedican a la fabricación de prendas de vestir.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

En Todos Santos, el tejido forma parte de una identidad que se lleva puesta.

Jun Kanek explicó que esposas, madres, hijas, sobrinas y vecinas preparan los materiales para confeccionar pantalones, camisas, cuellos y otras piezas utilizadas por los jinetes.

También participan en los preparativos de las casas. Comida, café, atol de súchil y atención a quienes llegan a visitar o acompañar a los participantes.

El trabajo puede prolongarse durante la noche.

El jinete entra a la pista. El capitán encabeza al grupo. Pero detrás hay mujeres que tejen, cocinan, organizan, reciben a los invitados y ayudan a vestir a los jinetes.

La indumentaria incluye camisas multicolores, pantalones tradicionales, sombreros adornados con cintas, bandas rojas que cruzan el pecho y la espalda, y pañuelos.

Las cintas del sombrero tienen un significado particular, según explica Jun: forman parte de la representación simbólica del gallo.

No se trata solamente de ropa para montar.

El vestido acompaña la memoria familiar.

Jun contó que su abuela había dedicado parte de su vida a preservar la indumentaria y los tejidos del pueblo. Recordó también el deseo de ella de que esas prendas continuaran mostrándose durante las festividades.

Su abuelo, por su parte, le había hablado desde niño de una manera de rendirle homenaje: montar a caballo el 1 de noviembre.

Así, en una misma familia, la tradición llega por dos caminos.

La preparación también tiene una dimensión espiritual.

Jun explicó que algunos grupos realizan limpias con aguardiente sobre los caballos y los jinetes antes de dirigirse a la pista. Son actos destinados a apartar las malas energías y prepararlos para montar.

No todos los grupos realizan necesariamente los mismos rituales de la misma manera. Pero estas prácticas muestran algo que una fotografía de los caballos corriendo difícilmente explica.

El Juego de Gallos también ocurre puertas adentro.

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Jun Kanek, arquitecto y gestor cultural de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

No es “la carrera”

A la actividad se le ha llamado Carrera de caballos. Carrera de las ánimas. Carrera de cintas.

Jun Kanek y Fortunato Pablo Mendoza rechazan que esos nombres expliquen por completo lo que sucede.

Dicen que reducen varios días de actividad y meses de preparación a unas horas de caballos corriendo frente al público.

Ellos reivindican otro nombre.

Juego de Gallos. Sqech Koya. Jun lo explica desde la cosmovisión que le fue transmitida.

Antes de montar existe una relación con la espiritualidad y con la Madre Tierra.

El gallo adquiere allí su sentido.

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“Preservar no significa convertir la tradición en espectáculo”

Jun Kanek, arquitecto y gestor cultural local.

Según el relato cultural que Jun ha compartido públicamente, los antepasados que quisieron montar consultaron a un guía espiritual maya, un ajq’ij.

La ofrenda de la sangre de un gallo surgió, en esa narración, como una manera de pedir permiso para cabalgar y evitar que fuera la sangre de los jinetes la que terminara derramada.

Jun rechaza la historia repetida desde fuera que argumenta que debe morir un corredor para garantizar una buena cosecha. Dice que no.

También rechaza que sea necesario emborracharse para montar. Hay aguardiente. Hay quienes toman. Hay quienes no.

“Estar encima de un caballo sin estar en sus cinco sentidos también es peligroso”, advierte.

Después de varios días de actividad, fiesta, marimba y poco sueño, explica Jun, el cansancio también puede hacer parecer ebria a una persona.

Pero no todos entienden o viven la tradición exactamente igual.

Y eso también forma parte de la historia.

No todos creen lo mismo

Rolando reconoce que algunos jinetes hacen preparaciones espirituales durante semanas o meses.

Él no. Lo vive de otra manera. Habla de herencia. De adrenalina. Del gusto por montar. De algo que siente que lleva dentro porque lo aprendió desde niño.

También recuerda que entre generaciones anteriores se decía que, si un jinete moría, podía venir una buena cosecha.

Jun lo contradice. Lo llama mito. La diferencia importa. Una tradición viva no necesariamente tiene una sola explicación.

Los propios portadores pueden interpretar de forma diferente prácticas que heredaron de sus padres y abuelos.

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Fortunato Pablo Mendoza, historiador local.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Fortunato, el historiador

Nos reunimos con Fortunato Pablo Mendoza en el quiosco del parque central.

Tiene 75 años. Fue jinete. Fue primer capitán dos veces. Es maestro e historiador local. Durante años, habló con ancianos para intentar comprender qué había detrás de aquello que él mismo había practicado.

Dice que cuando empezó tampoco entendía toda la historia. Corría y participaba. Después preguntó y las respuestas lo llevaron siglos atrás.

Fortunato sostiene que el Juego de Gallos nació como protesta. Como desafío.

Como una demostración de valentía frente a una restricción colonial: “Los indígenas no podían montar libremente a caballo”, explica.

Esa restricción tiene antecedentes documentales. Disposiciones de la Corona española fueron recogidas posteriormente en la Recopilación de leyes de los Reinos de las Indias, entre ellas una norma que prohibía a los indígenas andar a caballo.

Hubo excepciones. Hubo licencias. Y el uso del caballo cambió durante los siglos de dominación española.

Documentos del área muestran que indígenas de la Alcaldía Mayor de Totonicapán y Huehuetenango llegaron a poseer ganado caballar y mulas utilizadas para el comercio.

Pero Fortunato lleva la historia a Todos Santos. Cuenta que jóvenes del pueblo iban hacia Chancol, donde había caballos, y quisieron demostrar que también podían montarlos.

En esa memoria oral aparece también un guía espiritual y la ofrenda del gallo como protección para los jinetes.

La geografía del relato tiene sustento histórico. El Camino Real colonial pasaba por Todos Santos y continuaba hacia Chancol, donde hubo haciendas y ganado.

Lo que todavía no hemos encontrado es un documento que pruebe el último paso: que aquel desafío específico haya dado origen al Juego de Gallos. Esa parte continúa en la memoria oral que Fortunato recogió entre ancianos.

Para él, la tradición puede resumirse en cuatro palabras: protesta, valentía, demostración y orgullo.

Cuando dejaron de correr

Pero tampoco ha sido una tradición ininterrumpida. Fortunato recuerda la guerra.

Dice que durante aproximadamente dos años dejaron de correr. Muchas personas se marcharon. Otras buscaron refugio fuera del pueblo.

Eran los años de la “tierra arrasada”, en la década de 1980. Todos Santos, recuerda, llegó a sentirse “como un cementerio”.

Después regresaron. Y con el regreso comenzaron también a recuperar fiestas, costumbres y tradiciones.

El Juego de Gallos volvió. Décadas después, otra migración transformaría de nuevo la actividad.

Esta vez hacia Estados Unidos. Antes se salía para sobrevivir a la guerra. Después muchos salieron buscando trabajo. Y algunos vuelven cada octubre para montar.

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Cipriano Calmo Pablo, exjinete y concejal I Suplente de Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Cipriano, el jinete y concejal suplente

Cipriano Calmo Pablo tiene 69 años. Actualmente es concejal primero suplente.

Pero antes fue jinete. Empezó alrededor de los 15 años. Dejó de montar cerca de los 50.

Parte de nuestra conversación ocurre en mam. David Pablo, trabajador de la Unidad de Acceso a la Información Pública municipal, escucha a Cipriano, interpreta y traduce al español.

En Todos Santos el mam no está guardado para ceremonias. Se escucha. Se usa. Se habla en las casas. En las calles. Dentro de la Municipalidad.

La conversación frente a nosotros ocurre naturalmente en el idioma de Cipriano.

Después llega al español. El idioma también acompaña a quienes se marchan. El idioma puede cruzar fronteras sin dejar de pertenecer al pueblo.

Es otra forma de entender por qué determinadas expresiones culturales han logrado permanecer. No porque estén congeladas. Porque todavía se usan.

El día después de la carrera

El recorrido con Jun terminó en el cementerio. Era 20 de octubre, Día de la Revolución. Todavía faltaban casi dos semanas para el Juego de Gallos, pero allí ya sonaba una marimba ronca.

Una estaba cerca del ingreso. Otra, unos metros más adentro.

Entre mausoleos, cruces, flores artificiales y fotografías, los sones parecían estar dirigidos a alguien en particular.

No era todavía el 2 de noviembre, pero el cementerio daba una primera pista de lo que ocurriría después de que los caballos dejaran de correr.

También había otra huella imposible de ignorar.

Algunos mausoleos estaban pintados con barras y estrellas. Otros llevaban las letras “USA”. En varios casos, los colores de Estados Unidos aparecían junto a los de Guatemala.

Frente a las tumbas había botellas de agua, comida, bebidas y flores.

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Cementerio General Todos Santos Cuchumatán, Huehuetenango.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

La migración también estaba allí. No solamente entre los jinetes que regresan para correr. También entre los muertos.

Y allí danzaban quienes habían regresado recientemente y habían perdido a alguien. De izquierda a derecha, con cadencia, al ritmo de las teclas de la marimba calentadas por el sol, los fieles se movían para recordar.

Jun explicó que el 1 de noviembre los caballos pueden permanecer en la pista hasta aproximadamente las 17 horas.

Después, los grupos regresan a la casa del primer capitán. Y la celebración continúa. Marimba. Familia. Baile. Convivencia.

Puede prolongarse hasta las dos o tres de la madrugada. Pocas horas después vuelven a salir.

Pero ya no hacia la pista. Hacia el cementerio. Para el 2026, el programa municipal anuncia el baile tradicional frente al camposanto el 2 de noviembre, de 8 a 17 horas.

Los grupos acuden acompañados de marimbas. Muchas llegan desde San Sebastián, municipio al que los primeros capitanes recurren para contratar conjuntos que amenizan varios días de celebración.

Cada grupo llega con quienes acompañaron a los jinetes durante las jornadas anteriores.

Llevan comida y bebida. Frente a las tumbas interpretan sones dedicados a familiares que murieron. Algunos tocan uno. Otros varios, según la familia y la memoria de quien descansa allí.

En las celebraciones documentadas también hay quienes encienden velas y candelas para recordar a sus difuntos.

Bailan. Comen. Brindan. Recuerdan. Lloran.

La fiesta cambia de escenario, pero no de sentido. Rolando habla de uno de esos sones con una emoción distinta. Sal Negra. Dice que cuando lo escucha “te llega en el corazón”. Que brinca. Que puede llorar.

Jun tiene también una razón familiar para montar. Su abuelo le había hablado de honrarlo a caballo. También contó que su abuela había contribuido a preservar los tejidos y la indumentaria que forman parte de la celebración.

El recuerdo de los abuelos no queda, entonces, únicamente en el cementerio. Puede acompañar al jinete desde que se viste hasta que entra a la pista.

Quizá por eso, en Todos Santos, la música no parece servir solamente para acompañar a los vivos. También llama a los ausentes.

Los trae a la conversación. Los vuelve parte de la mesa, del baile y de la memoria.

El Juego de Gallos, entonces, no termina cuando el último caballo abandona la pista. Continúa unas horas más tarde, entre marimbas y tumbas, donde quienes regresaron desde lejos vuelven a encontrarse con quienes ya no pudieron volver.

Patrimonio

Ahora existe otro debate: cómo preservar todo eso. El Juego de Gallos está en proceso de ser declarado Patrimonio Cultural Intangible de la Nación.

El Ministerio de Cultura y Deportes realizó un taller de sensibilización con los portadores de la tradición como parte de ese proceso.

La solicitud de reconocimiento fue recibida por las autoridades culturales en noviembre del 2025. La declaratoria sigue pendiente.

Consultada sobre el avance del trámite, la Dirección de Comunicación de esa cartera respondió: “Los portadores de la cultura aún están pendientes de entregar documentación”.

Jun Kanek considera que el reconocimiento podría ayudar a conseguir mejores condiciones para realizar la actividad, incluida una pista adecuada.

Pero también existe cautela. Preservar no significa convertir la tradición en espectáculo. Jun recuerda propuestas que, según cuenta, pretendían sacar el Juego de Gallos de Todos Santos y llevarlo incluso a la capital.

No les interesa. El Juego de Gallos necesita caballos. Pero también necesita casas, familias, marimbas, tejidos, mam, cementerio, montañas y el alma de Todos Santos.

Separarlo de ese territorio sería contar otra cosa. Folclorizar.

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El 20 de octubre del 2026, había dos marimbas en el cementerio general de Todos Santos Cuchumatán. Para el 1 de noviembre habrá 10 que representan a la misma cantidad que participan en el Juego de Gallos.

(Foto Prensa Libre: Keneth Cruz)

Volver

Nos fuimos por la carretera por la que debíamos haber llegado originalmente. Chiantla. Huehuetenango. La ruta conocida.

Habíamos recorrido unos 670 kilómetros para buscar una historia que, en apariencia, ocurre durante unas horas del 1 de noviembre.

Pero el camino equivocado del primer día terminó funcionando también como una metáfora involuntaria.

Durante años muchos hemos llegado al Juego de Gallos por el camino más corto.

Caballos. Aguardiente. Caídas. Accidentes. Una carrera. Nosotros, en Prensa Libre, fuimos 13 días antes y encontramos otra ruta.

Empieza cuando apenas termina la celebración anterior. Continúa en Semana Santa, cuando comienzan a verse los caballos. Cruza Estados Unidos y vuelve con los migrantes. Entra a la casa del primer capitán. Pasa por las manos de quienes tejen y cocinan. Por la marimba contratada meses antes. Por las conversaciones familiares. Por el miedo de quien cayó de un caballo y decidió volver. Por la memoria de quienes dejaron de correr durante la guerra. Por un idioma que todavía se habla. Por el sombrero que recuerda a un abuelo. Por la pista. Por el gallo. Y después baja al cementerio.

Allí los vivos comen, brindan, escuchan marimba y bailan frente a quienes se fueron primero. Tal vez ahí se entienda mejor.

Para quien llega el 1 de noviembre, el Juego de Gallos puede durar unas horas. Para Todos Santos Cuchumatán, dura casi todo el año. Y para algunos, quizá, toda la vida.

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