Guillermina Herrera Peña destaca el valor de la diversidad para el futuro de Guatemala

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Guillermina Herrera Peña destaca el valor de la diversidad para el futuro de Guatemala

La trayectoria de Guillermina Herrera Peña (Guatemala, 1945) ha estado íntimamente ligada a la Universidad Rafael Landívar (URL). En 1966, ingresó como alumna de la quinta promoción de estudiantes de la que fue la primera casa de estudios superiores privada del país, que apenas tenía cinco años de existencia. Posteriormente, ocupó diversos cargos y entre 2004 y 2009 se convirtió en la primera y, hasta ahora, única mujer rectora de una universidad en Guatemala.

Estos y otros muchos méritos hicieron que durante la celebración del 65 aniversario de la URL, le fuera conferido el doctorado honoris causa en Humanidades. Durante el acto celebrado el lunes 5 de octubre, Miquel Cortés Boffil, S. J., rector de la universidad, exaltó la labor que Herrera ha desempeñado. “Ella es, sin duda, un ejemplo de lo que debe ser un landivariano y un modelo a seguir para las presentes y futuras generaciones”, aseveró.

La semblanza de la homenajeada estuvo a cargo del doctor Juan Carlos Escobar Galo, decano de la Facultad de Humanidades. Además de enumerar los múltiples méritos académicos de Herrera, Escobar Galo exaltó los aportes que ha realizado en favor de la educación y el multilingüismo guatemalteco.

Durante una plática con Prensa Libre, Guillermina Herrera habló acerca de su trayectoria, la actualidad educativa de Guatemala y la importancia de reconocer la diversidad del país.

La doctora Guillermina Herrera junto a una fotografía en el Salón de Consejo Directivo de la Universidad Rafael Landívar. (Foto Prensa Libre: Ana Lucía Mendizábal Ruiz)

¿Qué significa para usted que se le haya otorgado el doctorado honoris causa en Humanidades?

Me parece que es un homenaje muy generoso de parte de la universidad. Mi vinculación viene de mucho tiempo atrás. Entré a estudiar en la URL en 1966. Soy de la quinta promoción de la universidad y de la primera de la carrera de la Licenciatura en Letras y Filosofía. Después, me fui a estudiar fuera y regresé en el año 76. Trabajé como catedrática, como investigadora y luego, el rector Gabriel Medrano me invitó a formar parte del equipo de administración universitaria. Nunca dejé ni la docencia ni la investigación. Entonces ya me nombraron vicerrectora, que en ese tiempo era general, y después fui vicerrectora académica. En investigación tuve el Instituto de Lingüística.

El ser, hasta la fecha, la primera y única mujer rectora en el país es un mérito muy reconocido. ¿Qué significó para usted?

Cuando me nombraron rectora (en 2004), la gente comenzó a decirme eso: que era la primera rectora. Yo no me había dado cuenta. Yo crecí en un medio en donde no había machismo. No tuve esa experiencia de discriminación por género. Cuando entré a estudiar a la universidad no éramos tantas mujeres. Cuando comencé a estudiar en la universidad no solo había menos mujeres, sino que las mujeres trabajábamos y los varones no, porque las familias ponían en el hijo varón todas las esperanzas, lo apoyaban a salir adelante, le daban para sus gastos, le pagaban la universidad y las mujeres que vieran si lo hacían, entonces todas trabajaban. Yo estaba consciente de que había un problema ahí de disparidad con la mujer, aunque yo no lo había sufrido.

Me da mucha pena ser yo la única rectora porque me nombraron en 2004, abrí el camino, pero ¿cómo puede ser que de 2004 a 2026 no haya habido otra rectora en ninguna de las universidades? Hay mujeres muy valiosas que podrían haber hecho un buen papel como rectoras.

El doctorado que se me otorgó y el haberle dado mi nombre al campus universitario de la Costa Sur me estimula mucho porque veo que la universidad sí valora enormemente mi papel como rectora y mujer. Eso también ayuda a que otras mujeres se animen también.

¿Cuáles fueron sus principales logros como rectora?

Comencé con las acreditaciones de las carreras universitarias y dejé casi el 90% de las carreras acreditadas. Para que se acredite internacionalmente una carrera debe tener un grupo de profesores de tiempo completo, un grupo de investigadores y, además, equipos, bibliografía y biblioteca. Tuve que enriquecer todo el componente académico con catedráticos e investigadores y logré la acreditación. Tuve la fortuna de ser la que construyó el Tec Landívar, que le dio otra salida maravillosa a la universidad desde el punto de vista de infraestructura. También pude hacer las instalaciones deportivas aquí en el centro, además de la construcción desde la primera piedra hasta el final de dos campus, el de Zacapa y el de Huehuetenango… Hubo mucho en infraestructura.

¿Cuál fue su principal aporte en cuanto a la consolidación de la identidad landivariana?

Lo que fue magnífico fue consolidar la universidad y conciliarla con sus orígenes, porque logré que el Consejo de la Enseñanza Privada Superior reconociera y aceptara los nuevos estatutos en donde la Compañía de Jesús pasaba a estar a cargo legalmente de la institución. Cuando se fundó la universidad en el año 1961, les costó muchísimo a los jesuitas. Ellos iban acompañados de un grupo de laicos, pero todavía las leyes de los liberales no permitían que ninguna orden religiosa tuviera la única universidad que estaba quedando a la par de San Carlos.

Entonces, originalmente, en los estatutos quedó un consejo directivo que era el dueño, que tenía el control de la universidad, nombraba rector y se autoalimentaba porque los mismos miembros del consejo directivo se elegían y elegían rector. Yo hice el cambio para asegurar el futuro de la universidad. Había estado bien, no había habido ningún problema, pero ese paso se dio para asegurar el futuro y también como un reconocimiento, porque había sido la Compañía de Jesús la que había realmente tenido la idea. La universidad está en las manos de quienes debe estar.

Las buenas bases

Cuéntenos, ¿cómo era esa casa en la que, como dice, no se hizo diferencias?

Es que ni siquiera se mencionó, éramos iguales. Yo solo tenía un hermano, pero no había ninguna diferencia entre unos y otros. Es más, mis papás (Julia Peña Martínez de Herrera y Guillermo Herrera Montenegro) nos estimulaban para estudiar, para salir adelante. Mi papá no era machista para nada.

Volvamos a sus inicios, ¿cuándo comenzó su pasión por las letras?

Yo vengo de una familia de escritores. Rafael Arévalo Martínez era primo hermano de mi abuelo y Carlos Samayoa Chinchilla era primo hermano de mi abuelo de parte de mi mamá. Claudia de los Dolores “Lola” Montenegro (precursora de la escritura femenina en Guatemala) era prima de mi bisabuelo, tía abuela de mi papá. Mi mamá era una gran lectora y mi papá nos estimuló mucho. A mí me compraba muchos libros desde pequeñita. Además, el sistema educativo del colegio Belga era basado todo en la lectoescritura, entonces estimulaba la lectura y la escritura y todo lo demás venía por añadidura. Yo siempre supe que yo iba a dedicarme a las letras. Tenía como 13 años y escribía mis poemitas. Para estimularme, mi papá me mandó empastar mis poemas. Ahí los tengo. Él era así de especial con sus hijas. Entré a la universidad y justamente cuando salimos del ciclo básico que había en esa época, abrieron la carrera de Letras, o sea que yo ya entré directita. Pero yo quería también estudiar gramática, entonces fui a estudiar fuera, porque en Guatemala no había Lingüística. Cuando regresé estaba entre el estudio del español, el estudio de las lenguas indígenas, sobre todo en una época. Ahora mucho más en el español. Me he movido siempre en el campo de las letras.

La educación y sus retos

¿Qué nos puede decir acerca de la educación en Guatemala, sobre todo, luego de haberse dado a conocer los resultados de las pruebas PISA?

Aquí, los niñitos en el campo y en los barrios no trabajan con internet ni en computadora. Ellos siguen trabajando con su lápiz y cuadernito, y a veces, hasta con papel periódico. Las evaluaciones PISA las hacen en computadoras. No es que los niños no sean inteligentes, es que no han tenido el acceso a esa tecnología y les están pidiendo responder en una modalidad que ellos desconocen.

Claro que en Guatemala hay mucha desnutrición y eso afecta también. Pero los niños guatemaltecos no merecen haber quedado en el último lugar de Iberoamérica. Los niños son inteligentes, pero no tienen acceso al internet y las pruebas son hechas digitalmente. Hay una gran brecha tecnológica. Por otro lado, está la brecha lingüística. Es verdad que el censo de 2018 nos dijo que el 69.9% de guatemaltecos dice que su lengua materna es el español, pero más del 40% se autoidentifica como maya. Han dejado la lengua maya, pero puede ser que sean hablantes del español, pero en una variante no enseñada como segunda lengua, no enseñada en la escuela, sino que en la misma casa o en la misma comunidad. Es una variedad mestiza del español. No es que no haya una gran potencialidad, es que hay brechas que superar.

Además, estuvo el covid. Los niños pequeñitos que ya sabían leer, escribir, se olvidaron. Hubo maestros heroicos que iban a pie a visitar a las casas a ver cómo estaban los niños, en medio de la pandemia, porque hay que reconocerlo. Pero el Ministerio de Educación, en esa época, comenzó con clases por televisión o internet, y muchos niños ni siquiera tienen electricidad en sus casas. Entonces, lo que ha pasado es que ha faltado pertinencia. Tiene que verse cuál es la realidad de los niños y hacer programas pertinentes para que los niños puedan desarrollarse y cerrar las brechas.

¿Qué se ha hecho para cerrar esas brechas?

Después de la rectoría, yo fui directora del Instituto Guatemalteco de Educación Radiofónica (IGER) durante cinco años. Se atiende a jóvenes adultos de escasos recursos. Tuve que mandar a comprar radios con baterías, porque no tenían electricidad en sus casas. Todavía hay zonas en Guatemala en las que no hay electricidad ni agua potable, donde no se habla español. Yo soy defensora del bilingüismo razonable, que mantengan su idioma, pero la educación no se ajusta a su realidad. Hay que mejorar las condiciones socioeconómicas de vida de la gente, hay que cerrar las brechas y hay que ver que las evaluaciones no estén tan en contra de los niños.

Vemos a un niño de un colegio de la capital que tiene, por lo menos, una computadora en la casa, pero para la mayoría de los niños no es así. Es la realidad de Guatemala… Algunos alcaldes han puesto internet en las plazas públicas. Yo lo veía con el IGER, los chicos ya usaban chips en sus teléfonos y se conectaban, iban a oír las clases en el parque. Pero eso pasaba con los jovencitos que se podían mover hacia esos lugares, pero hay algunos que están demasiado adentro y no tienen nada.

Pocos son conscientes de esta realidad.

Este es un país diverso y multilingüe. Hay que dar educación para esa realidad diversa… El español es segunda lengua para un gran sector de guatemaltecos. Hay metodologías específicas. Por ejemplo, cuando uno estudia inglés, no es que entre a un aula y que todo sea inglés. Esos métodos de idioma como segunda lengua no los aplican en Guatemala. Por eso tomo muy relativamente las pruebas y los resultados. No han entendido que este es un país especial, con diversidad lingüística y cultural, con sus características propias.

La diversidad es intrínsecamente beneficiosa para la sociedad. En cuanto se empiece a ver lo positivo de las culturas indígenas o los indígenas a ver lo positivo de una lengua internacional como el español, que es la segunda lengua materna más hablada del mundo y todo sea amigable, ahí las cosas van a ir bien. Pero no debe ser de manera invasiva. Antes, todo era punitivo, en las escuelas se castigaba a los niños si se les oía hablar en su idioma.

¿Ha trabajado en proyectos enfocados en estos aspectos?

Aquí he trabajado como consultora en el Ministerio de Educación en diferentes momentos, sobre todo en el tema de cómo enseñar español como segunda lengua, o cómo enseñar las lenguas indígenas y hacer los materiales educativos. También trabajé con el Ministerio de Comunicación de Paraguay. Me invitaron en dos ocasiones como consultora para ver cómo se incorporaba el guaraní a la escuela.

En la universidad, como profesora e investigadora me ocupé de preparar a los primeros profesores de educación bilingüe. Nos contrataron como universidad. También la formación de los lingüistas mayahablantes y luego aquí la Maestría en Educación Intercultural Bilingüe y le ofrecimos, porque hicimos en el Instituto de Lingüística aquí la universidad, muchas publicaciones, todas se las entregamos al Ministerio de Educación en su momento.

¿Qué les espera a las nuevas generaciones en cuanto a la educación universitaria?

Los jóvenes están ahora en una situación muy difícil por la inteligencia artificial. Es un apoyo, porque obviamente facilita el trabajo, pero habrá carreras universitarias que ya no se van a necesitar. Entonces quienes salen de bachillerato tienen que preguntarse “¿Qué voy a estudiar?”. Las universidades no pueden ser instituciones dedicadas a dar licencias para trabajar… Tenemos que pensar muy bien que las universidades no son fábricas de licenciados. Deben tener un gran componente de formación de juicio crítico, para que el joven sepa distinguir qué aceptar de la globalización, la inteligencia artificial, del desarrollo de las tecnologías, porque es beneficioso y qué no. Lo más importante ahorita es preparar el juicio crítico, cultivar la sensibilidad, lo humano, para preparar a los jóvenes en un mundo que no sabemos cómo va a ser. Creo que la educación superior tiene ahorita los grandes desafíos. Tendrá que plantarse ¿cómo formar a los ciudadanos del futuro en este mundo de incertidumbre?

A su criterio, ¿qué debería de pasar en Guatemala en los campos en los que se ha desarrollado para poder sentirse satisfecha?

Lo que más anhelo es que los guatemaltecos, tanto mayas, xincas, garífunas o ladinos, comprendamos que la diversidad es nuestra riqueza. En el momento en el que los guatemaltecos nos reconciliemos con nuestra diversidad y comencemos a verla como algo positivo, entonces habremos avanzado. Y eso pasa también por la universidad, no solo Landívar sino en toda la institución universitaria, porque los saberes de los pueblos los ven como folclor, no como ciencia. Hay un racismo epistémico, porque solamente la ciencia de Occidente se ve como ciencia. Eso tiene que cambiar y dejar entrar los saberes.

El diploma con el que la Universidad Rafael Landívar le confirió el doctorado honoris causa a Guillermina Herrera Peña. (Foto Prensa Libre: Cortesía URL)

Logros académicos

  • Cursó estudios primarios y secundarios en el Colegio Belga Guatemalteco
  • En 1971, obtuvo la licenciatura en Filosofía y Letras de la Universidad Rafael Landívar
  • Cursó estudios de posgrado en Filología Románica y en Lingüística en la Universidad de Río Piedras, Puerto Rico; en la Universidad para Extranjeros de Siena, Italia, y en las universidades de Pittsburgh, Estatal de Nueva York, del Sur de la Florida y de Iowa, en Estados Unidos
  • Obtuvo el título de investigadora lingüística por parte de la Oficina Internacional del Español en Madrid, España
  • Es magíster en Lingüística por la Universidad Estatal de Nueva York

Méritos y distinciones

  • Ha ejercido como catedrática e investigadora universitaria, además de fungir como perito lingüista en litigios civiles y comerciales, así como en la defensa de los derechos humanos. Fue rectora de la Universidad Rafael Landívar de 2004 a 2009
  • Ha publicado 25 obras literarias y numerosos artículos en su campo de especialización
  • Ha rescatado la tradición oral maya de Guatemala, transformándola en cuentos y guiones radiofónicos dirigidos especialmente a jóvenes, con el propósito de difundir la historia y cultura maya y contribuir a la erradicación de estereotipos negativos y prejuicios
  • Ha recuperado y difundido la obra de escritoras guatemaltecas del siglo XIX y principios del XX, promoviendo su estudio y publicación
  • Pertenece a la Academia Guatemalteca de la Lengua, correspondiente de la Real Academia Española, desde 1983
  • En 1988, el Gobierno de Guatemala le otorgó la Medalla de la Paz. En 2013, recibió la Orden Vicenta Laparra de la Cerda. En 2015, el Estado de Guatemala la condecoró con la Orden Francisco Marroquín por su trayectoria como educadora. En 2025, la Universidad Rafael Landívar nombró en su honor el campus universitario landivariano de Escuintla

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